Viver y su historia

Viver CS VC

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Viver se sitúa al noroeste de la comarca del Alto Palancia, en la provincia de Castellón. Su término municipal ocupa una superficie de 44,9 km², atravesada por el río Palancia y una extensa red de barrancos que desembocan en él, entre los que destaca el barranco del Hurón. La altitud oscila entre los 560 metros del núcleo urbano y los 1.080 metros del Alto de Ragudo, una variación que se refleja tanto en el clima como en el paisaje.

Las zonas más bajas, próximas a barrancos y ramblas, presentan un clima mediterráneo templado, mientras que las áreas de mayor altitud registran condiciones más rigurosas. Esta diversidad climática se traduce en un entorno caracterizado por matorral mediterráneo, pinares y espacios tradicionales de huerta.



Al principio... 

La presencia humana en el territorio de Viver se remonta a tiempos muy antiguos. Los restos más antiguos localizados corresponden a un hallazgo paleontológico encontrado en las inmediaciones del monte de El Rodeno: un molar de Equus Sübornensis datado entre 900.000 y 700.000 años antes del presente. En el cercano altiplano de Barracas, en la denominada Fuente de los Borrachos, se documentó una brecha ósea con restos de fauna y un bifaz asociados a una cronología de unos 400.000 años, constituyendo el yacimiento arqueológico más antiguo conocido del municipio.

En 2024 se realizó una prospección arqueológica de las terrazas fluviales del río Palancia que permitió documentar tres concentraciones de industria lítica asociadas al Paleolítico Superior en la Revuelta de la Sartén, la partida de Cueva Negra y Las Quinchas.

Las primeras ocupaciones humanas permanentes conocidas se sitúan en el Eneolítico, durante el III milenio a. C. En este periodo se utilizaron las Cuevas del Sargal como lugar de enterramiento, probablemente vinculadas a un asentamiento cercano aún desconocido. Del II milenio a. C., correspondiente a la Edad del Bronce, únicamente se conoce un posible yacimiento situado en Peñas Rubias.

Durante la época ibérica aumentó el número de asentamientos, generalmente ubicados sobre cerros de fácil defensa y de reducidas dimensiones. Se conocen hasta cinco yacimientos de este periodo, aunque todos presentan un estado de conservación muy deficiente. Entre ellos destacan Santa Cruz, la Torre de Herragudo —arruinada tras su destrucción durante la Guerra Civil— y Ojos del Prado I, donde se conserva un interesante conjunto de carriladas. Especial relevancia tiene el yacimiento de San Roque, donde las investigaciones apuntan a la existencia de un asentamiento de transición entre los periodos ibérico y romano.

La huella romana constituye uno de los capítulos más destacados de la historia de Viver. Desde comienzos del siglo XVII, numerosos estudios han documentado un importante conjunto epigráfico formado por 162 inscripciones conocidas, de las cuales actualmente se conservan 83. La mayoría son lápidas funerarias datadas entre los siglos I y II d. C., aunque también existen ejemplos monumentales y religiosos.

Entre las inscripciones conservadas destacan la situada en la torre campanario, por la decoración de su soporte, y la ubicada en la fachada del Museo Etnológico, que testimonia la riqueza de una destacada familia local. Especial singularidad presenta el ara votiva hallada en la Fuente de Morredondo, considerada el único ejemplo conocido de este tipo en el ámbito rural valenciano.

Diversos estudios han señalado la existencia de una importante vía de comunicación que atravesaría el Alto Palancia y conectaría Saguntum con Caesaraugusta. Aunque ninguna fuente clásica describe esta calzada, su existencia se considera probable debido a la relevancia histórica de este corredor natural. El denominado Camino Viejo de Aragón, utilizado al menos desde época ibérica, discurría por Benafer y ascendía hacia el altiplano de Barracas siguiendo el barranco del Hurón. Posteriormente, durante el Alto Imperio romano, el trazado pudo desplazarse hacia los montes de Ragudo y enlazar con otras rutas procedentes de Llíria.

Las investigaciones arqueológicas más recientes han permitido confirmar la presencia romana en distintos puntos del término municipal, especialmente en la Fuente de Morredondo, donde se localizaron restos constructivos y materiales cerámicos.

Hasta el momento no se han identificado yacimientos claramente adscritos a la Antigüedad tardía, aunque algunos hallazgos, como los silos de la Rocha Palmera y las referencias históricas a tumbas antropomorfas excavadas en roca, podrían relacionarse con este periodo.

La etapa islámica es todavía poco conocida. El principal vestigio conservado es la Torre del Río, excavada y consolidada entre 2021 y 2022. Las investigaciones la sitúan entre los siglos XII y XIII y sugieren que formó parte del sistema defensivo de una alquería cercana ante las incursiones cristianas en la zona.

La primera referencia documental al núcleo urbano de Viver aparece en el siglo XIII, en el Llibre dels Feits de Jaime I. Todo indica que el asentamiento correspondía a una alquería islámica dedicada a la agricultura y la ganadería, dependiente de Jérica y dotada de mezquita propia.

Tras la conquista cristiana, el primer señor de Viver fue García Avuero, quien recibió la localidad en 1235 por donación de Jaime I. Durante el siglo XIV, las hambrunas, la Peste Negra y los conflictos bélicos provocaron una fuerte despoblación. Para revertir esta situación, el 12 de abril de 1367 Don Juan Alfonso de Jérica otorgó una Carta Puebla destinada a atraer a 200 nuevos pobladores, consolidando así la recuperación del asentamiento.

El crecimiento continuó durante los siglos XV y XVI. El núcleo original, situado sobre un promontorio rocoso junto al barranco del Hurón, se expandió progresivamente hacia el sur. De esta etapa se conservan algunos de los edificios históricos más representativos de la localidad, como la Iglesia Parroquial, el Convento de San Francisco, la ermita de Santa Bárbara o la fuente de la Asunción.

Un momento decisivo llegó en 1540, cuando el emperador Carlos I concedió a Viver el título de Villa. Este privilegio otorgó a la población capacidad de gobierno y administración de justicia dentro de un término claramente delimitado. La condición de villa, unida al paso del Camino Real de Aragón, impulsó el desarrollo económico y urbano de la localidad.

Durante los siglos XVI y XVII se configuró un sistema defensivo compuesto por portales de acceso, un recinto amurallado y la torre campanario, que además de sus funciones religiosas desempeñó un papel militar. Aunque estas defensas resultaban insuficientes frente a los ejércitos modernos, fueron útiles para controlar el acceso a la población y protegerla frente a amenazas más frecuentes de la época.

El siglo XVIII estuvo marcado por una intensa actividad agrícola. A finales de la centuria, el botánico Antonio José Cavanilles destacó la extraordinaria extensión de los viñedos de Viver, señalando que gran parte del paisaje estaba cubierto por cepas. La producción vinícola se convirtió en uno de los principales motores económicos de la localidad, complementada por una importante actividad de transporte vinculada al Camino Real.

El siglo XIX estuvo condicionado por diversos conflictos bélicos, desde la Guerra de la Independencia hasta las Guerras Carlistas. Durante la Primera Guerra Carlista, Viver adquirió especial relevancia por su condición de cabeza de partido judicial y fue fortificada nuevamente. De aquellas defensas aún se conservan algunos fragmentos de muralla con aspilleras visibles en distintos puntos del casco urbano.

A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la expansión del cultivo de la vid favoreció la construcción de numerosos cubos de vino, tanto particulares como comunitarios. Sin embargo, la Guerra Civil supuso un episodio especialmente traumático para la población. En julio de 1938, los bombardeos destruyeron aproximadamente el 75 % del núcleo urbano, mientras que el término municipal quedó atravesado por posiciones defensivas pertenecientes a la Línea XYZ.

Tras la guerra, el Servicio Nacional de Regiones Devastadas impulsó un amplio programa de reconstrucción que incluyó nuevos equipamientos públicos y una reorganización urbanística que transformó parte de la imagen tradicional de la localidad.

Desde la década de 1960, Viver ha experimentado una expansión hacia la margen derecha del barranco del Hurón, incorporando nuevas áreas residenciales sobre antiguos terrenos agrícolas y configurando progresivamente la fisonomía actual del municipio.

 



Max Aub y Viver de las Aguas

“La poco agua está hecha para correr con el olor de la tierra. El agua quieta da miedo. ¡Acequia viva de Viver, desenróllate que te coge, que te alcanza el remanso!, ¡que te come viva!,¡menea y remenea tus ovas y tus líquenes como si fuera tu propia cola!

"Campo de almendros"

Max Aub.

 

    Max Aub pasa en Viver el verano de 1935, de junio a septiembre, como se veraneaba antes. El verano del 36 no vienen a Viver porque Perpétua Barjau, mujer de Max, estaba embarazada. Dio a luz a Carmen, su tercera hija a finales de julio. Con  anterioridad al verano del 35 veraneaban el Las Arenas en Valencia. La enfermedad pulmonar de su hija Elena es la razón por la que los médicos aconsejan a Max un clima más seco y una mayor altitud. En un principio  eligen el balneario “El Paraíso” de Manzanera, pero no tardan en cambiar su destino vacacional por Viver. Las razones para el cambio parecen claras. En 1914 cuando estalla la primera guerra mundial, la familia Aub-Mohrenwitz, de origen judío, emigran a Valencia y fijan allí su residencia. Se matricula en el instituto Luis Vives, único laico de Valencia, donde conoce y comparte estudios con José Gaos, Genaro Lahuerta, Fernando Dicenta, Manuel Zapater…Con todos ellos mantiene una profunda amistad a lo largo de toda su vida. También en el exilio.    

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HISTORIA DE VIVER 

Viver de las Aguas

por Cristina Herrero Grimaldos, 1997

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