Apertura – Ruta de Max Aub en Viver
Hay lugares que forman parte de nuestra vida sin que lo sepamos.
Pasamos por ellos una vez, tal vez durante un verano, y creemos que se quedarán simplemente como un recuerdo agradable. No imaginamos que, con el tiempo, se convertirán en refugio, en herida o en patria.
En el verano de 1935, Max Aub llegó a Viver como quien llega a un lugar de descanso. Tenía treinta y dos años. Era un hombre joven, comprometido con su tiempo, implicado en la vida cultural y política de la Segunda República. Venía acompañado de amigos, de conversaciones interminables, de proyectos literarios y de la sensación —compartida por muchos— de estar viviendo un momento decisivo para España.
Nada hacía pensar que aquel verano sería uno de los últimos instantes de normalidad antes del derrumbe.
Un año después estallaría la guerra. Y para Aub, como para tantos otros, no solo significó un conflicto armado. Supuso la fractura definitiva: la derrota, los campos de internamiento en Francia y el norte de África, y finalmente el exilio en México, donde moriría en 1972 sin regresar definitivamente a España.
Y sin embargo, cuando comenzó a escribir su gran ciclo narrativo sobre la Guerra Civil —El laberinto mágico—, este paisaje volvió. No como una fotografía exacta, sino como atmósfera. Como memoria transformada en literatura.
Viver de las Aguas, primer capítulo del primer libro (Campo cerrado) de la obra El laberinto mágico: el agua, las calles en cuesta, la conversación en las plazas, la luz del verano, la sensación de que la historia todavía no ha irrumpido con violencia.
Hoy vamos a recorrer esos espacios. No para buscar una correspondencia exacta entre realidad y ficción, sino para comprender cómo funciona la memoria: cómo un lugar pequeño puede convertirse en territorio literario; cómo un verano puede adquirir, con el paso del tiempo, el peso simbólico de un mundo perdido.
Esta no es solo la ruta de un escritor.
Es la ruta de una generación que creyó en un proyecto de país.
Es la ruta de un recuerdo que sobrevivió a la guerra.
Y es también una invitación a mirar el paisaje con la conciencia de que, quizá, ahora mismo estamos viviendo momentos que algún día serán memoria.
Comenzamos.
1. Convento – Punto de partida
(Paneles: Max Aub y fiesta vaquillas)
El recorrido comienza en el antiguo Convento de San Francisco de Paula, un lugar que nos sirve como puerta de entrada no solo a la historia de Viver, sino también a la memoria literaria de uno de sus visitantes más ilustres: Max Aub.
Aub nació en París en 1903, en el seno de una familia europea —padre alemán y madre francesa de origen judío— y llegó a Valencia siendo aún un niño, en 1914. Allí creció y se formó, vinculándose muy pronto a los ambientes culturales y a los movimientos de vanguardia de la época. Comprometido con la realidad política de su tiempo, durante la Guerra Civil Española participó activamente en tareas culturales y diplomáticas en defensa de la República.
Tras la derrota republicana, su vida cambió de forma radical. Pasó por varios campos de internamiento en Francia y el norte de África, en una experiencia que marcaría profundamente su obra. Finalmente, en 1942 se exilió en México, donde desarrolló gran parte de su trayectoria literaria y donde falleció en 1972.
Sin embargo, antes de todo eso —antes de la guerra, del exilio y de la distancia— hubo un momento distinto. Un verano. Un lugar.
Ese lugar fue Viver.
Para Max Aub, Viver no fue solo un escenario ocasional. Con el paso del tiempo se convirtió en algo más profundo: uno de los últimos espacios vinculados a una España que estaba a punto de desaparecer. Un paisaje, unas calles y unas vivencias que, años después, volverían transformadas en literatura.
Desde aquí comenzamos un recorrido que no solo nos llevará por el municipio, sino también por la memoria de un escritor que supo convertir la experiencia vivida en relato.
2️. Plaza de la Constitución
(Paneles: Plaza de la Constitución, Casino, Círculo Radical)
La Plaza de la Constitución es uno de los espacios clave para entender el ambiente que encontró Max Aub durante su estancia en Viver en el verano de 1935. Las placas que hoy encontramos aquí —relacionadas con la propia plaza, el Casino y el Círculo Radical— nos remiten a un tiempo en el que este lugar era punto de encuentro, conversación y vida social.
Nos situamos en los años de la Segunda República, un periodo marcado por una intensa actividad política y cultural. En espacios como este se desarrollaba buena parte de la vida pública: tertulias, debates, intercambios de ideas… pero también relaciones sociales propias de una pequeña comunidad en la que convivían distintas sensibilidades y formas de entender el momento histórico.
Aquí se cruzaban la sociabilidad burguesa con el compromiso político, la vida cotidiana con las grandes cuestiones del momento. No se trataba de un grupo aislado ni de una realidad excepcional: formaban parte de una generación que, con mayor o menor optimismo, sentía que estaba participando en la construcción de un país nuevo.
Años más tarde, ya en el exilio, Aub transformaría ese mundo vivido en materia literaria a través de su gran proyecto narrativo, El laberinto mágico. Este conjunto de seis novelas reconstruye la Guerra Civil española desde múltiples miradas, alejándose de los grandes relatos heroicos para centrarse en las experiencias individuales, en las vidas concretas que se vieron atravesadas por el conflicto.
En este sentido, espacios como la Plaza de la Constitución no son solo escenarios históricos, sino también lugares de memoria desde los que podemos acercarnos a una época llena de expectativas, tensiones y cambios profundos.
3️ Calle Enmedio – Casa Torres
(Panel: Casa del notario y del médico)
Nos encontramos ante el emplazamiento donde se situaban la casa del médico y la del notario, dos figuras clave en la estructura social de cualquier localidad española de principios del siglo XX. Representaban el prestigio, la estabilidad y la autoridad moral e institucional del Estado.
En la España de la Segunda República, estos profesionales encarnaban la modernidad administrativa, la confianza en el progreso y el orden civil. Sus viviendas eran también espacios de referencia en la vida cotidiana del pueblo.
En este mismo lugar, Max Aub sitúa una escena de capítulo de “Viver de las aguas”, donde recrea el ambiente del verano de 1935.
“Las diez y cinco: un rumor levanta su cola; asoman por los postigos las cabezas de los valientes, ya corren y cazcalean frente a la casa del notario y la contigua del doctor los que quieren presumir el tipo, puesto el ojo a las hijas en edad de merecer, agrupaditas en los balcones de los probos funcionarios...”
Este fragmento describe un instante aparentemente trivial: jóvenes que pasean, coquetean y se exhiben ante las hijas “en edad de merecer”. Sin embargo, tras su sencillez se esconde un retrato social de gran precisión.
🎬 Placa conmemorativa – L’Espoir / Sierra de Teruel
Antes de llegar al Chalet de los Martínez encontramos una placa que recuerda la vinculación de Viver con la película Sierra de Teruel (titulada también L’Espoir), dirigida por André Malraux a partir de su propia novela sobre la Guerra Civil española. En este proyecto cinematográfico participó también Max Aub, colaborando en el guion dentro de un equipo comprometido con la causa republicana.
La película, rodada en buena parte durante la propia guerra, buscaba transmitir una visión directa y humana del conflicto, alejada de la propaganda más simplista y centrada en la experiencia de quienes lo vivieron. En ese contexto, el territorio del Alto Palancia —y enclaves como Viver— se integran en ese imaginario visual y narrativo ligado a la resistencia republicana.
Pero este lugar no solo remite al ámbito cinematográfico. Durante la Guerra Civil, el edificio al que hace referencia la placa fue utilizado como albergue de aviadores republicanos, lo que añade una capa más a su significado: de espacio de sociabilidad veraniega y cultural en 1935, pasó a formar parte activa del esfuerzo bélico pocos años después.
4️. Chalet de los Martínez
(Panel: Chalet de los Martínez)
El Chalet de los Martínez constituye uno de los enclaves más significativos y emotivos de la ruta. Propiedad de la familia Dicenta, fue el auténtico epicentro de la vida social e intelectual del verano de 1935 en Viver.
En este espacio se reunieron Max Aub, Manuel Zapater y Fernando Dicenta, junto a otros
representantes del ámbito cultural valenciano como Genaro Lahuerta o Juan Gil-Albert. Tal y como se recordó en las jornadas conmemorativas celebradas en 2025, este chalet se convirtió en un punto de encuentro donde la intelectualidad de la época compartía tertulias y debates en un ambiente distendido de veraneo.
Según testimonios de los descendientes de las familias implicadas, “en el chalet de los
Martínez pasaba todo”. En él tenían lugar conversaciones sobre literatura, política y arte, así como proyecciones cinematográficas y sesiones fotográficas. Este ambiente de convivencia cotidiana se enriquecía con detalles que han perdurado en la memoria, como los célebres huevos fritos de Feli Suárez o la ensaladilla rusa que Manuel Zapater probó por primera vez en casa de los Aub.
Las imágenes conservadas por la familia Dicenta, y posteriormente donadas a la Filmoteca Valenciana, constituyen un valioso testimonio audiovisual de aquel periodo y representan uno de los escasos documentos gráficos conocidos de Max Aub anteriores a la Guerra Civil.
Este enclave resume el espíritu de un verano marcado por la amistad, el intercambio
intelectual y la efervescencia cultural de la Segunda República, convirtiéndose en uno de los puntos más destacados del itinerario literario dedicado al autor.
La Casa de los Martínez fue hospital de sangre durante la Guerra Civil.
5️ Calle Serrallo
(Panel: Vivienda en la que pasó la familia Aub junto a la familia Zapater en el verano de 1935)
La calle Serrallo nos conduce a un espacio profundamente humano dentro de la ruta de Max Aub. Aquí se sitúa la vivienda en la que, durante el verano de 1935, convivieron las familias Aub y Zapater, compartiendo el mismo edificio: cada una ocupaba una planta. A escasos doscientos metros se encontraba el Chalet de los Martínez, epicentro de la vida social e intelectual de aquella estancia en Viver.
Este detalle de proximidad favorecía una convivencia cotidiana marcada por la amistad y la colaboración: las niñas jugaban juntas en los jardines, se organizaban pequeñas
representaciones teatrales que nunca llegaron a estrenarse y los adultos compartían paellas, conversaciones y cuidados en un ambiente de confianza.
Parte de esta memoria ha llegado hasta nosotros gracias al testimonio de Feli Suárez, niñera de las hijas de Aub durante aquel verano, cuyos recuerdos aportan un valioso retrato de la vida diaria y del clima afectuoso que se respiraba en la localidad.
Esta parada permite acercarse a una dimensión más íntima del escritor. Más allá del
intelectual comprometido y del autor exiliado, aquí se descubre al padre y al amigo que eligió Viver por motivos de salud y por el deseo de compartir el verano con sus allegados. Un episodio de convivencia serena que, con el paso del tiempo, se convertiría en parte esencial de la memoria vinculada a su estancia en la localidad.
6️ Mirador de la Floresta – Cierre
(Panel: Calle Max Aub; y banco-libro de Max aub)
Como cierre de la ruta, os invitamos a sentaros en el banco-libro de Viver de las aguas, para dejar que las palabras de Max Aub os envuelvan mientras contempláis el paisaje desde el mirador: una experiencia en la que literatura y territorio se mezclan, como si por un instante entráramos también nosotros en las páginas de Campo cerrado.
Si miramos ahora este paisaje, es fácil pensar que siempre ha sido así.
Las casas, el barranco, la luz… todo parece estable, casi inmóvil.
Pero sabemos que no lo es.
Sabemos que muchas de estas calles fueron destruidas en 1938.
Que hubo que reconstruir el pueblo casi desde cero.
Que las personas que vivieron aquí tuvieron que marcharse, volver o empezar de nuevo.
Y sabemos también que, para alguien como Max Aub, este lugar dejó de ser un espacio físico para convertirse en otra cosa.
En recuerdo.
En escritura.
En memoria.
Aub nunca pudo recuperar del todo el país que había perdido.
Pero encontró una forma de volver: escribirlo.
Por eso, cuando leemos El laberinto mágico, no estamos solo ante una historia de la Guerra Civil.
Estamos ante el intento de reconstruir un mundo desaparecido: sus calles, sus voces, sus veranos, sus conversaciones.
Quizá por eso esta ruta no termina aquí.
Porque la memoria no funciona como un mapa exacto.
No señala lugares con precisión, sino que los transforma.
Los mezcla con lo vivido, con lo perdido, con lo que ya no puede volver.
Y, sin embargo, algo permanece.
Permanece el paisaje.
Permanece el nombre de las calles.
Permanece la historia que hemos recorrido.
Y permanece también la pregunta: ¿Qué parte de lo que estamos viviendo hoy será, algún día, memoria?
Tal vez dentro de muchos años alguien recorra estas mismas calles intentando reconstruir nuestro presente, igual que nosotros hemos intentado hoy reconstruir aquel verano de 1935.
Y entonces, como ahora, todo dependerá de lo mismo:
De lo que recordemos.
Y de lo que decidamos contar.












